Un artista nunca ve las cosas como son,
si lo hiciera dejaría de ser artista.
Oscar Wilde
“¿Qué es el arte?” se preguntó Leon Tolstoi a fines del siglo XIX. La respuesta que dio a su propia pregunta fue un extenso estudio en el que volcó sus opiniones, sus obsesiones, sus respuestas. Lo que sigue no pretende ser desde ya un estudio profundo o un ensayo complejo sobre el tema (que por el momento quedará como una deuda de mi parte) sino una serie de impresiones y reflexiones que me rondan en la cabeza, en parte para compartirlas y en parte para que me dejen en paz.
Qué es el arte, entonces. Salta a la vista que no es una pregunta fácil de contestar. Es algo similar a lo que nos ocurre con las preguntas de los chiquitos: sabemos qué es algo, pero somos incapaces de explicarlo. En tales casos se adjudica ese conocimiento al sentido común: “son cosas que se saben”. Pero dudo que haya una sola persona capaz de darme una respuesta satisfactoria. Y esto es así por la sencilla razón de que no existe una respuesta única. Esbocemos algunas posibles definiciones.
Desde ya, el arte es catarsis. La catarsis (para quienes no estén familiarizados con el vocablo) es una palabra de origen griego que quiere decir liberación. Se la usa en diversos ámbitos, por ejemplo la química, cuando hablamos de “catalizadores”. El arte, entonces, tiene una función catártica. El arte es catarsis, es liberación. ¿Liberación de qué? Eso variará según el artista. Obsesiones, pesadillas, sueños, deseos, frustraciones… el arte es lo que nos permite expresar esas sensaciones que tanto (dis)placer nos provocan. ¿Qué vemos cuando vemos el genial Guernica de Picasso, sino es el dolor, la desesperación, el vacío que deja la muerte, la búsqueda de respuestas, de un por qué, reflejado todo eso en el llanto de una madre con su niño en brazos, un brazo sin cuerpo, un alma en pena? ¿Qué dolores exorcizó Oscar Wilde en su Balada de la cárcel de Reading, en esos dos años de encierro? El arte, en conclusión, es (o puede ser) liberación.
El arte también puede ser (y esta es ya una definición menos atractiva) un instrumento para retratar la realidad inmediata. Prueba de ello puede observarse en, por ejemplo, las corrientes literarias naturalistas de fines del siglo XIX, donde nos encontramos con descripciones exhaustivas sobre los lugares, los personajes, la ropa que usaban, etc., detalles que si bien en su momento cumplían una función de ubicuidad, en la actualidad resultan, salvo excepciones, mortalmente aburridas. En el terreno de la pintura encontramos intenciones similares en el movimiento neoclasicista, que intentó retomar los cánones del Renacimiento.
Para el filósofo prusiano Friedrich Nietzsche, el arte es la esencia misma de la vida. Llegó a escribir lo que podríamos considerar una de las verdades más ciertas de la filosofía: “la vida sin música seria un error”.
Nutrido de las tradiciones greco-latinas, Oscar Wilde dio un paso más adelante y despojó al arte de toda sujeción ética o moral. “Una obra no es moral o inmoral, está bien o mal escrita, eso es todo” afirma en el prefacio de su inmortal El retrato de Dorian Gray. El arte, entonces, está más allá de la ética y la moral, del bien y del mal, cuestiones estas impuestas por los hombres.
Esto era, al menos hasta el siglo pasado, el arte. Reformulemos la pregunta entonces: ¿Qué es el arte hoy?
Probablemente cada vez que hayan leído esa pregunta se les haya venido a la mente la consabida respuesta: cagarte de frío. De ser así permítanme decirles (sin ningún ápice de gracia) que están en lo correcto: el arte, hoy, es cagarte de frío.
En efecto, nos basta con ver la realidad cotidiana para preguntarnos donde quedaron todas aquellas maravillosas expresiones artísticas del siglo pasado, siglo que tantas revoluciones en tantos ámbitos nos dio, el siglo del dadá, el surrealismo, el realismo mágico, el jazz, el rock, el metal, el cine... ¿qué ha ocurrido con todo eso? Pues que sobre todo ello, sobre toda esa ola de cultura nueva, de renovación y experimentación, se impuso un nuevo modelo, atroz, voraz, grande y terrible como el Mago de Oz: la cultura de consumo. En 1953 (sepan perdonar ustedes que me remita casi siempre a la literatura, pero es la expresión artística que mejor manejo) Ray Bradbury publicó una novela que se haría un clásico: Fahrenheit 451. La que en su momento pareció otra obra de ciencia ficción (género muy en boga por esos años) hoy parece casi un libro profético: nos describe una sociedad futurista donde la gente vive en casas ultramodernas y son adictos a la televisión. La gente es ingenuamente feliz, no tiene mayores preocupaciones que las propias y no piensa demasiado. ¿Qué ha pasado con los libros? Pues que el gobierno ha prohibido su lectura. Cualquier libro debe ser quemado. De eso se encargan (paradójicamente) los bomberos. Saquemos los tintes apocalípticos: nos queda una obra más realista que fantástica.
El arte está devaluado, me dicen. Y es cierto. Hoy decir arte no nos remite ya a esas grandiosas pinturas, esas canciones que nos conmovieron con sus letras y nos estremecieron con sus melodías, esas novelas y cuentos que nos revelaron otra forma de ver las cosas, que nos reinventaron; hoy decir arte nos remite al colegio, a plástica, a carpeta gigante tamaño oficio que resulta insoportablemente incómoda para llevar y traer, a una nota en un boletín, al dibujo que pidió la profesora. Hoy el ser un estudioso de las bellas artes no es ya sinónimo de saber apreciar la belleza y de la libertad, es sinónimo de profesor de escuela mediocre o lisa y llanamente alguien que no tiene nada que hacer y se dedica a meditar en el éter.
Necesitamos devolver al arte al lugar que le corresponde. No como pasatiempo, no como recreación, no como atracción circense, sino como lo que es: el más poderoso acto de libertad, de rebelión, de inconformidad, de búsqueda de la belleza y el placer, el placer de leer a Henry Miller, escuchar a Charlie Parker, quedarse horas frente a un Goya intentando adivinar qué asoma entre las sombras. En suma, que el arte deje de ser cagarse de frío y sea lo que nunca dejó de ser: vida.
si lo hiciera dejaría de ser artista.
Oscar Wilde
“¿Qué es el arte?” se preguntó Leon Tolstoi a fines del siglo XIX. La respuesta que dio a su propia pregunta fue un extenso estudio en el que volcó sus opiniones, sus obsesiones, sus respuestas. Lo que sigue no pretende ser desde ya un estudio profundo o un ensayo complejo sobre el tema (que por el momento quedará como una deuda de mi parte) sino una serie de impresiones y reflexiones que me rondan en la cabeza, en parte para compartirlas y en parte para que me dejen en paz.
Qué es el arte, entonces. Salta a la vista que no es una pregunta fácil de contestar. Es algo similar a lo que nos ocurre con las preguntas de los chiquitos: sabemos qué es algo, pero somos incapaces de explicarlo. En tales casos se adjudica ese conocimiento al sentido común: “son cosas que se saben”. Pero dudo que haya una sola persona capaz de darme una respuesta satisfactoria. Y esto es así por la sencilla razón de que no existe una respuesta única. Esbocemos algunas posibles definiciones.
Desde ya, el arte es catarsis. La catarsis (para quienes no estén familiarizados con el vocablo) es una palabra de origen griego que quiere decir liberación. Se la usa en diversos ámbitos, por ejemplo la química, cuando hablamos de “catalizadores”. El arte, entonces, tiene una función catártica. El arte es catarsis, es liberación. ¿Liberación de qué? Eso variará según el artista. Obsesiones, pesadillas, sueños, deseos, frustraciones… el arte es lo que nos permite expresar esas sensaciones que tanto (dis)placer nos provocan. ¿Qué vemos cuando vemos el genial Guernica de Picasso, sino es el dolor, la desesperación, el vacío que deja la muerte, la búsqueda de respuestas, de un por qué, reflejado todo eso en el llanto de una madre con su niño en brazos, un brazo sin cuerpo, un alma en pena? ¿Qué dolores exorcizó Oscar Wilde en su Balada de la cárcel de Reading, en esos dos años de encierro? El arte, en conclusión, es (o puede ser) liberación.
El arte también puede ser (y esta es ya una definición menos atractiva) un instrumento para retratar la realidad inmediata. Prueba de ello puede observarse en, por ejemplo, las corrientes literarias naturalistas de fines del siglo XIX, donde nos encontramos con descripciones exhaustivas sobre los lugares, los personajes, la ropa que usaban, etc., detalles que si bien en su momento cumplían una función de ubicuidad, en la actualidad resultan, salvo excepciones, mortalmente aburridas. En el terreno de la pintura encontramos intenciones similares en el movimiento neoclasicista, que intentó retomar los cánones del Renacimiento.
Para el filósofo prusiano Friedrich Nietzsche, el arte es la esencia misma de la vida. Llegó a escribir lo que podríamos considerar una de las verdades más ciertas de la filosofía: “la vida sin música seria un error”.
Nutrido de las tradiciones greco-latinas, Oscar Wilde dio un paso más adelante y despojó al arte de toda sujeción ética o moral. “Una obra no es moral o inmoral, está bien o mal escrita, eso es todo” afirma en el prefacio de su inmortal El retrato de Dorian Gray. El arte, entonces, está más allá de la ética y la moral, del bien y del mal, cuestiones estas impuestas por los hombres.
Esto era, al menos hasta el siglo pasado, el arte. Reformulemos la pregunta entonces: ¿Qué es el arte hoy?
Probablemente cada vez que hayan leído esa pregunta se les haya venido a la mente la consabida respuesta: cagarte de frío. De ser así permítanme decirles (sin ningún ápice de gracia) que están en lo correcto: el arte, hoy, es cagarte de frío.
En efecto, nos basta con ver la realidad cotidiana para preguntarnos donde quedaron todas aquellas maravillosas expresiones artísticas del siglo pasado, siglo que tantas revoluciones en tantos ámbitos nos dio, el siglo del dadá, el surrealismo, el realismo mágico, el jazz, el rock, el metal, el cine... ¿qué ha ocurrido con todo eso? Pues que sobre todo ello, sobre toda esa ola de cultura nueva, de renovación y experimentación, se impuso un nuevo modelo, atroz, voraz, grande y terrible como el Mago de Oz: la cultura de consumo. En 1953 (sepan perdonar ustedes que me remita casi siempre a la literatura, pero es la expresión artística que mejor manejo) Ray Bradbury publicó una novela que se haría un clásico: Fahrenheit 451. La que en su momento pareció otra obra de ciencia ficción (género muy en boga por esos años) hoy parece casi un libro profético: nos describe una sociedad futurista donde la gente vive en casas ultramodernas y son adictos a la televisión. La gente es ingenuamente feliz, no tiene mayores preocupaciones que las propias y no piensa demasiado. ¿Qué ha pasado con los libros? Pues que el gobierno ha prohibido su lectura. Cualquier libro debe ser quemado. De eso se encargan (paradójicamente) los bomberos. Saquemos los tintes apocalípticos: nos queda una obra más realista que fantástica.
El arte está devaluado, me dicen. Y es cierto. Hoy decir arte no nos remite ya a esas grandiosas pinturas, esas canciones que nos conmovieron con sus letras y nos estremecieron con sus melodías, esas novelas y cuentos que nos revelaron otra forma de ver las cosas, que nos reinventaron; hoy decir arte nos remite al colegio, a plástica, a carpeta gigante tamaño oficio que resulta insoportablemente incómoda para llevar y traer, a una nota en un boletín, al dibujo que pidió la profesora. Hoy el ser un estudioso de las bellas artes no es ya sinónimo de saber apreciar la belleza y de la libertad, es sinónimo de profesor de escuela mediocre o lisa y llanamente alguien que no tiene nada que hacer y se dedica a meditar en el éter.
Necesitamos devolver al arte al lugar que le corresponde. No como pasatiempo, no como recreación, no como atracción circense, sino como lo que es: el más poderoso acto de libertad, de rebelión, de inconformidad, de búsqueda de la belleza y el placer, el placer de leer a Henry Miller, escuchar a Charlie Parker, quedarse horas frente a un Goya intentando adivinar qué asoma entre las sombras. En suma, que el arte deje de ser cagarse de frío y sea lo que nunca dejó de ser: vida.
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