sábado, 12 de diciembre de 2009

Torre y rosa

A Stephen King



Un campo de rosas escarlata. De todas ellas se desprende, a la vez de un delicioso y suave perfume, un extraño coro de voces. De cada una de las rosas, abiertas de cara al cielo, extraños coros de voces se dejan oír en medio de la calma. Sobre el cielo, las nubes toman formas extrañas, como si alguna especie de corriente las confluyera hacia un punto en particular: la Torre Oscura.
Se levanta en un inmenso e infinito espiral hacia el cielo, en el centro del campo de rosas. Es negra, y tiene pequeñas ventanas y un balcón en la más alta. Son exactamente diecinueve ventanas. Y en la más alta de ellas, la que da al balcón...un hombre asoma por ella. Un hombre negro, tan negro como la misma torre, que apenas puede verse desde abajo. Es el Rey Carmesí, quien enloqueció y fue encerrado en la torre maldita, la torre que sostiene los haces que resguardan al Mundo Medio, más bien al Universo entero.
Un hombre avejentado la contempla en toda su inmensidad. Viste unas botas de cuero sin curtir, unos gastados jeans, y una también arruinada camisa. Tiene unos ojos muy bellos, de color azul claro. Pero en ellos no hay alegría. No se ve el brillo que indica vida, espíritu. Ese brillo hace tiempo ha desaparecido.
En su rostro puede leerse su historia, los kilómetros que ha recorrido, las personas a quienes amó y que perdió en el camino. Recuerda Gilead, recuerda el desierto, recuerda la playa, recuerda los bosques, recuerda Lud, el demencial viaje a través de las tierras baldías a bordo de Blaine el monorraíl, y cómo fue finalmente vencido en su propio juego. Recuerda Kansas, el palacio de esmeralda, el encuentro con él, con Walter, el Hombre de negro... recuerda su fuga... recuerda el Calla, los lobos, recuerda la cueva, recuerda Nueva York... Lentamente, como en una película, por su mente pasan rápidos pantallazos del extensísimo camino recorrido. Y ríe. El pistolero (que otra cosa no es) ríe. Pero calla casi de inmediato. Porque piensa. Y el pensar hace callar la risa.
Piensa en su madre, en Curth, en Allain, en Rea, en Susan.
Piensa en Eddie, en Susannah... pero sobre todo, piensa en él, en el muchacho, en Jake.
Las palabras del chico le resuenan una y otra vez en su cabeza, quitándole el sueño en la noche y la cordura en el día.
"Ve, pues, hay otros mundos aparte de éste".
Ve al chico caer por el abismo. Y lo ve, casi al mismo tiempo, ser arrollado por la camioneta, empujando al escritor a un lado de la carretera, entregando su vida por la del otro.
"Hay otros mundos aparte de éste".
Y una lágrima, solitaria y azul como su mirada, nace en su ojo y muere en su reseca boca.

Con leve dificultad, levanta la vista. La Torre. La maldita torre. Durante años la buscó, arriesgando por ella su vida y la de sus amigos, muchos de ellos ya muertos, por algo de lo que no estaba seguro que existía.
Pero ahí estaba. Y el hecho de haber llegado le daba una pequeña, ínfima satisfacción, de esas que se sabe que son poco pero que al menos son algo: la satisfacción de saber que todo lo vivido, las pérdidas sufridas, no fueron en vano. Los muertos ya podían dormir tranquilos, habían cumplido su parte en el juego, el gran juego del Ka, esa gran rueda que gira y gira por siempre, y que (como decía su maestro) podía llegar a aplastarte los sesos si te interponías en su camino. Habían llegado al claro al final de la senda. Si no por él, es al menos por ellos que debe hacerlo. Para terminar de una vez con todo aquello. Para darle fin a esa larga historia. Ríe brevemente otra vez. Y la risa le sale seca, quebrada. Claro, hace dos días que se terminó el agua. Nuevamente se calla. Mira hacia arriba. La inmensidad de la Torre le devuelve el gesto. A su alrededor, y a medida que avanza, las voces de las rosas aumentan más y más, haciéndose más fuertes. Algunas le suenan familiares.
Ya no siente temor, ya no siente lástima ni nostalgia. No sabe qué puede haber en el interior de la Torre. Pero sabe que debe hacerlo, como hasta entonces supo que tenía que llegar allí, al campo de rosas, a la Torre Oscura, al cuarto de la ventana más alta, la puerta 19.
Sube las escaleras sin prisa y sin pausa. El canto ahora es ya indisimulable. Sobre el horizonte, la puesta de sol crea un deslumbrante juego de luces, naranjas, azules y claroscuros. Toma las dos pistolas que su padre le diera antes de su partida de Gilead, y que lo acompañaron hasta donde está. Las deja en la puerta, algo le dice que donde sea que va, no va a necesitarlas.

Suspira. Muy largamente.



Entra.


Y con un sordo golpe, la puerta se cierra tras él.

Afuera, solo el cantar de las rosas, que de pronto cesa. El cantar de las rosas, de rojo escarlata. Y en el medio de ellas, inmensa, negra, en eterno espiral hacia el cielo, la Torre Oscura.




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